Alimentación y supervivencia en las guerras de Cuba (1868–1898)

obre la alimentación en Cuba durante el siglo XIX, en posts anteriores he descrito sus características generales. En otra entrada, relaté las experiencias gastronómicas de tres viajeros anglosajones: Julia Ward Howe, Walter Goodman y Samuel Hazard. Además, presenté algunas narraciones humorísticas de la época sobre las comidas en fondas cubanas. Hoy, me detengo en las prácticas culinarias durante los tiempos de guerra, entre cubanos y españoles.

La Guerra de los Diez Años, iniciada el 10 de octubre de 1868, provocó un alza general de los precios minoristas de los alimentos en casi todo el país. Sin embargo, no se trató de una inflación en términos reales respecto al poder adquisitivo del oro. Es decir, además de las dificultades logísticas y de transporte que acarreaba el conflicto armado, el Banco Español de La Habana comenzó a emitir billetes a mansalva para sostener a las tropas integristas, lo que provocó que el papel moneda se depreciara respecto al “vil metal”.

Si quisiéramos compararlo con la situación actual de Cuba, la posición del oro sería similar al dólar o al euro; mientras que aquellos billetes podrían asemejarse, salvando las distancias, al peso cubano actual. Pero aun en el momento en que el papel moneda llegó a su punto más bajo, en 1874, seguía sirviendo para pagar los víveres en cualquier establecimiento del país, como el Mercado de Cristina o el de Tacón.

Los desajustes monetarios dificultaron el acceso a ciertos alimentos, incluso cuando ya había terminado la primera guerra, lo que quizás obligó a hacer algunos cambios en la dieta. Este tema aparece representado en la prensa satírica de la época:

Caricatura sobre el precio de los alimentos, escena de personificación del oro y de alimentos a alto precio.
Caricatura de billetes del banco español persiguiendo monedas de oro, todos personificados.
Escena de un mercado agropecuario, toros volando y personas observando, representa la altura de los precios de la carne.

Si entonces los bueyes ya andaban volando, ahora es que han abandonado nuestro espacio aéreo.

Más allá de La Habana: el hambre no era un juego

En la capital los problemas eran sobre todo monetarios, pero en el interior del país llegó a estar en juego la subsistencia. Las políticas de reconcentración obligaron a la población civil a establecerse en zonas bajo control del gobierno, donde las posibilidades de cultivar y conseguir alimentos eran limitadas. El caso más significativo y cruel fue el del bando de reconcentración dictado por Valeriano Weyler en 1896, pero ya durante la Guerra de los Diez Años se ensayaron medidas similares en algunas localidades.

El irlandés James O’Kelly, corresponsal del periódico norteamericano New York Herald, estuvo en Sancti Spíritus entre fines de 1872 y principios de 1873, donde se conmovió al ver a un grupo de mujeres famélicas pidiendo un poco de arroz de casa en casa.

En el ámbito de la insurrección, la situación era cambiante. En Camagüey, a principios de 1869, los mambises disfrutaban de cierta bonanza, si nos atenemos al relato de un adversario:

Fragmento de texto sobre carencias alimentarios en el bando español.

O este señor era de esos que, de niño, miraba hacia el de al lado para ver si le habían servido más que a él, o realmente Salvador Cisneros Betancourt estaba comiendo entonces como un marqués… Bueno es que no en balde era el Marqués de Santa Lucía.

En honor a la verdad, los insurrectos tuvieron prácticamente sitiada la villa de Puerto Príncipe a principios de 1869, donde se incrementaron los precios de los productos de consumo e incluso llegaron a agotarse la harina y otras provisiones. Las fuerzas del gobierno lograron con gran riesgo acopiar algunos plátanos, el único alimento al que por varios días tuvo acceso la población. La tea incendiaria y otras tácticas del Ejército Libertador también repercutieron negativamente en este ámbito.

Por otra parte, en los campamentos mambises se refugiaban las familias y partidarios de la insurrección no aptos para el combate, dedicándose a otras labores. Estos campamentos eran auténticas poblaciones con prefectos y autoridades republicanas, a los que acudían vendedores y buhoneros con ciertas mercancías. En principio, no se había establecido en ellos una distribución comunitaria de los alimentos. Pertenecían a quien se las ingeniara para conseguirlos, pudiendo efectuarse ventas o intercambios.

Persona a caballo con alimentos y dos acompañantes a pie, caricatura.

La dieta del mambí: del ideal a la improvisación

En el campo insurrecto, donde convivían distintas clases sociales y razas, se extendieron ciertos platos y se revalorizaron otros del acervo ancestral. Entre ellos, el tasajo y el casabe. Las comidas no eran regulares y dependían de las vicisitudes propias de la contienda. Cuando era posible elegir, primaban los platos criollos y las carnes habituales, además de la caza de faisanes, gallinas de guinea, codornices, perdices y otras… Sin embargo, no siempre había municiones para esta actividad ni era prudente hacer ruido.

En teoría, según relataba Manuel de Quesada, se había planteado una ración diaria de dos libras de carne (vaca o cerdo), arroz, plátanos, boniatos o yucas, así como 4 onzas de azúcar, 2 de aguardiente, café y tabacos. Aquella dieta idílica casi nunca estuvo al alcance del soldado cubano, si bien hubo momentos puntuales de mayor disponibilidad de alimentos.

James O’Kelly pudo observar que los del reino vegetal eran más constantes: boniato, plátano, calabaza, yuca, la caña de azúcar y “algunas veces el maíz”. Cerca de Trinidad, Ramón Roa y sus compañeros, expedicionarios del Salvador, sólo encontraron para sortear el hambre algunas malangas que aún no estaban en sazón.

En tiempos de escasez, para no perder la buena costumbre de llevarse algo al estómago, hubo que romper ciertos tabúes alimentarios. Se llegaron a devorar majases, ratones y hasta lechuzas. Ya antes de la guerra era común en algunos sectores el consumo de jutías, las cuales fueron desapareciendo del entorno de los campamentos en cuanto se percataron de que podían ser un manjar muy apetecible.

Jutía conga, coloreada con i.a.

Además, los jefes militares debieron ponerle coto al sacrificio de caballos para saciar el hambre, ya que los cuadrúpedos eran más provechosos en el transporte de tropas y pertrechos. Nuestro corresponsal O’Kelly, cerca de Santiago de Cuba, probó por primera vez esta carne, no sin sentirse culpable, pues el caballo ha sido siempre un buen amigo del hombre, casi un miembro de la familia. Por supuesto, lo de considerar al equino “familia” es una metáfora, no quiero insinuar que el irlandés fuese un therian decimonónico.

Caricatura de persona comiendo y caballo antropomorfo observando.

En Camagüey, en 1872, Ignacio Mora consideraba “un acontecimiento grande para el estómago” haber pescado algunas anguilas. En Las Villas, ese mismo año, Francisco Varano se veía obligado a comer almiquí, una especie más pequeña que la jutía, ingrata al paladar y sin tradición de consumo en la Isla. “A buena hambre no hay pan duro”, se decía para consolarse entre bocado y bocado. 

Lámina con un ejemplar de almiquí adulto y otros pequeños.

Sin embargo, hubo mejores momentos, como cuando en 1873 los camagüeyanos organizaron una cena para homenajear a un grupo de soldados villareños. Los platos se sirvieron sobre una rústica mesa de cujes, con sillas del mismo material, siendo Ignacio Agramonte el anfitrión. El menú consistió en carnes asadas, viandas, arroz, palmito (cogollo de la palma real) y una bebida que llamaban entonces Cuba Libre, agua mona o sambumbia, consistente en agua con miel hervida. Lamentablemente fue la última cena de El Mayor, pues al día siguiente cayó en combate en Jimaguayú.

Un oficial granadino llamado Antonio del Rosal y Vázquez Mondragón, quien fue prisionero de los insurrectos en el propio año de 1873, en la zona de Holguín, contaba su perspectiva sobre el modo de vida y la alimentación en los campamentos cubanos:

Fragmento de texto del soldado Rosal Vázquez y Mondragón, sobre alimentación en los campamentos cubanos (1)
Fragmento de texto del soldado Rosal Vázquez y Mondragón,  sobre alimentación en los campamentos cubanos (2)
Fragmento de texto del soldado Rosal Vázquez y Mondragón,  sobre alimentación en los campamentos cubanos (3)
Fragmento de texto del soldado Rosal Vázquez y Mondragón,  sobre alimentación en los campamentos cubanos (4)

Alimentos en campaña: la tajada del soldado español

Durante la Guerra de los Diez Años, la alimentación estándar del soldado español estaba mejor organizada que la de los insurrectos, como cualquier ejército en el poder. Consistía diariamente en 200 gramos de arroz, 100 de tocino y 400 de galletas, a lo que se añadía en ocasiones una ración extraordinaria, café, vino o aguardiente. El tocino a veces era sustituido por carne o bacalao, según la disponibilidad. Los soldados que operaban en la región central podían comprar carne a precios módicos o aprovechar las reses que hallaban en los montes. 

O’Kelly observó que, en los primeros años de la guerra, la alta oficialidad española se enriquecía a costa del racionamiento extremo de los alimentos, al menos en la región oriental. Además, podía ser diferente la dieta de las tropas regulares y la de algunos cuerpos de voluntarios, sobre todo aquellos integrados por naturales del país. En el poblado de Ti–Arriba, estos últimos se contentaban con una escasa paga y vivían tranquilos “comiendo boniatos y bebiendo aguardiente de caña”, sin impacientarse por encarar a los insurrectos, amén de que no pocas veces se pasaban a sus filas.

Con frecuencia, durante las marchas por parajes intrincados, a los españoles se les agotaban o perdían sus provisiones, pasando hambre como cualquier hijo de vecino. En momentos de hambruna, algunos soldados se encomendaban al adagio castellano de “ave que vuela, a la cazuela”, aunque el bicho en cuestión fuese nada menos que un aura tiñosa. Esta anécdota la cuenta el soldado español Juan V. Escalera, quien, por cierto, si hablamos de apetitos de otra naturaleza, se había enamorado de una hermosa joven villareña llamada Luisa González, historia que puedes leer aquí.

También era frecuente que los alimentos se destruyeran por parte del adversario o cambiaran de bando. A mediados de 1872, Céspedes anotaba en su diario que los insurrectos habían logrado arrebatarles un convoy a los españoles y hacerse así de arroz, galletas, carne, bacalao, café, azúcar, sal, ron, vino y algunas golosinas. A principios del año siguiente, todavía algunos soldados que acompañaban a O’Kelly, quien quería entrevistar a Céspedes, llevaban consigo raciones de arroz y bacalao.

Caricatura de alimentos caminando y persona llamándolos, generada con i.a.

Por su parte, un destacamento español en Las Villas, al que pertenecía el propio soldado Escalera, pudo probar la sazón de una comida preparada por sus contrincantes. Tras hacerlos huir del campamento mediante una estratagema, aparentando constituir una fuerza mucho más numerosa, él y sus compañeros se sentaron a la mesa. La encontraron servida con “abundantes provisiones” y ciertas viandas, que no desaprovecharon. Para los mambises, eso sí que fue un sinsabor de la guerra.

La base alimentaria de las tropas integristas no varió mucho en el conflicto armado de 1895, salvo por la importación más sistemática de carnes en conserva, sobre todo desde Italia. Los soldados que protegían los principales asentamientos disfrutaban de una buena y regular alimentación. En Trinidad, por ejemplo, consistía en tocino, patatas, carne, garbanzos, arroz y pan. Cuando se internaban en los montes, por precaución, llevaban un trozo de carne cocida y alguna galleta, lo que llamaban “la tajada”.

Fotografía de un campamento español donde se está cocinando.
Soldados españoles en un café de Cienfuegos.

1895: la Guerra Necesaria y el sustento imprescindible

La contienda de 1895, también llamada Guerra Necesaria, trajo consigo no sólo enfrentamientos militares sino también duros desafíos en cuanto a la alimentación. Entre los insurrectos, la distribución de víveres estuvo mejor organizada que en conflictos anteriores, en parte gracias al apoyo que al inicio pudo prestar la población rural. Se consumían más alimentos en conserva, sobre todo carne y guisos de maíz, los cuales llegaban en las expediciones procedentes del exterior.

Sin embargo, la escasez seguía siendo la norma: hay testimonios de tropas cerca de Morón que sobrevivieron sólo con mangos verdes durante catorce días. Las guayabas, en cualquier estado, eran otra fruta muy socorrida.

Desesperados por la falta de carne, algunos hombres en Las Villas comieron cangrejos colorados del monte, ignorando que estaban ciguatos. Dos de ellos murieron por envenenamiento. Ya usted sabe, por más que las circunstancias aprieten, hay que tener mucho cuidado con el cangrejo.

Imagen generada con i.a. simulando grabado, cangrejo colorado del monte sobre la silueta de Cuba.

En su Diario de Campaña, José Martí menciona algunos de los alimentos que pudo consumir en el oriente de Cuba. Entre ellos, un puerco guisado con plátanos y malanga.  En cierta ocasión, el menú fue de salchichón, una lonja de chopo asado y un poco de chocolate. Otro de los platos consistió en huevos fritos, puerco frito y una torta de pan de maíz bastante grande.  Era común el frangollo, un dulce de plátano y queso, tanto en el desayuno como a media mañana. Solían beber como acompañamiento agua de canela y anís, caliente.

La situación en la manigua se volvió crítica durante los últimos años de la guerra, sobre todo a partir de la Reconcentración decretada por Valeriano Weyler en 1896. Se hizo entonces frecuente la caza de cocodrilos o de caimanes en los hábitats en que osaban asomarse estos taimados reptiles. A su vez, era habitual el consumo de frutos de la naturaleza que en otras circunstancias no se hubieran tenido en cuenta como alimentos, entre ellos el palmito y el cogollo del curujey, así como bledo, corojo, verdolaga, hojas de piñón, el fruto de la macagua y el jaimiquí, entre otros.

El hambre condujo a algunos insurrectos a consumir alimentos crudos y productos que no eran comestibles, entre ellos el cuero. El boniato y el maíz constituían un medio común de alimentación, a veces hasta sin cocinar. El famoso dicho de “lo cogieron asando boniato”, o “asando maíz”, proviene de haber sido sorprendidos los mambises por el enemigo en esta faena.

Fotografía de insurrectos asando alimentos sobre una improvisada parrilla.

Entre los dulces prosperaba precisamente el boniatillo, aunque también hay testimonios de pudines y otros postres. Enrique Loynaz del Castillo cuenta que el día de su cumpleaños le obsequiaron un pudín bastante bueno, hecho con boniato (para no variar), yuca y plátanos muy maduros, sin que se notara la falta de azúcar. En este artículo académico de Ismael Sarmiento, se mencionan otros alimentos dulces, como el pan-patato y el matahambre.

Aun en las celebraciones, las comidas solían ser muy sencillas, en entornos rústicos, pero en la literatura de la época pueden encontrarse historias curiosas, entre la realidad y la ficción. Raimundo Cabrera, en la revista Cuba y América, recrea un almuerzo de Máximo Gómez en una fonda de Bejucal, a principios de 1896. Habría consumido sólo tres huevos y dos trozos de carne asada a la inglesa. En el exterior, según el relato, algunos soldados iban engullendo trozos de pan o de carne mientras derribaban los postes del telégrafo o arrancaban los raíles del ferrocarril.

Representación de Máximo Gómez y otros oficiales en un almuerzo dentro de una fonda.

Población reconcentrada: tragedia civil y escasez de alimentos

En 1896, Valeriano Weyler había dispuesto la reconcentración de los campesinos en las villas y poblados controlados por el ejército español. El hacinamiento, la paralización del comercio y las pocas opciones productivas ocasionaron el alza del precio de los alimentos y una carestía generalizada. Así, se desató una hambruna sin precedentes entre la población civil, durante la cual murieron cientos de miles de personas, sobre todo niños.

Grabado de personas reconcentradas avanzando bajo las órdenes de fuerzas militares.

En la primera fase de la Reconcentración, que afectaba sobre todo a Sancti Spíritus, Camagüey y Santiago de Cuba, el gobierno español había previsto el suministro de algunos víveres para los reconcentrados. Sin embargo, sólo se haría en casos de extrema necesidad, durante apenas dos meses. Y estaban excluidas las mujeres e hijos de insurrectos, a quienes según Weyler había que obligar a marcharse a la manigua junto a los suyos. El militar español no se había enterado del precepto jurídico de que los hijos no deben pagar por los “delitos” de sus padres.

La ayuda consistía en una ración diaria de 500 gramos de carne o de tasajo, 125 de arroz y 20 de sal para las personas mayores de 14 años. Los niños que hubiesen cumplido 2 años, hasta llegar a los 14, recibían alrededor de la mitad de dichas provisiones. Pronto no fue posible mantener estos suministros, mientras que las opciones de trabajo eran casi inexistentes.  Muchos reconcentrados dependían de la caridad pública y la situación fue caldo de cultivo de la delincuencia, la prostitución y otros males.

Dentro de las jurisdicciones se implementaron diversas medidas para intentar paliar la crisis, aunque resultaron insuficientes. Una solución parcial fueron las llamadas cocinas económicas, las cuales comenzaron a materializarse desde finales de 1896. Se sostenían a partir de la beneficencia organizada por la población, los donativos de particulares y el apoyo del gobierno. Casi siempre el menú era un caldo ligero, pariente lejano del ajiaco, con arroz, verduras, frijoles de distinto tipo, viandas y algún trozo perdido de carne. 

Los más pobres podían acceder así temporalmente a algún alimento básico, pero el hambre continuaba haciendo estragos. La inventiva popular patentó algunos platos, como las lonjas de mango frito que una madre le preparaba a su hijo en Trinidad, de sabor parecido a los plátanos. Allí los soldados españoles les dejaban algunas sobras a los pequeños, en medio de una escasez generalizada:

Texto impreso sobre los reconcentrados en Trinidad, el comportamiento de las tropas españolas y los niños.

Quizás uno de los testimonios más duros y elocuentes de la Reconcentración fue el de George C. Musgrave, corresponsal de guerra británico. En el verano de 1897, tanto en Güines como en Santiago de Las Vegas, pudo ver como algunas personas desesperadas y hambrientas lamían del suelo la sangre de las vacas sacrificadas para el consumo de las tropas españolas, y devoraban crudas sus entrañas.

En abril de 1898, con la declaración de guerra contra España y el bloqueo naval decretado por los Estados Unidos, la situación se volvió aún más difícil. Como dice el proverbio africano, cuando los elefantes pelean la que sufre es la hierba. Ni elefantes ni hierbas en este caso, pero todos los elementos de la flora y la fauna que podían consumirse subieron de precio apenas se conoció el anuncio de la beligerancia.

Con el triunfo de los Estados Unidos y el establecimiento del gobierno provisional, comenzaron a suministrarse alimentos de emergencia, en tanto se normalizaba la producción y el comercio. A Cienfuegos, por ejemplo, llegaron provisiones de tocino, arroz, harina de maíz, carne y pescado en lata, frijoles blancos y leche condensada.

Fotografía de personas reconcentradas aguardando alimentos.
Personas reconcentradas cocinando al aire libre y haciendo otras actividades

El dilema de la nutrición en Sagua la Grande, luces y sombras reconcentradas

Aunque la Reconcentración tuvo un impacto devastador en todo el país, no he encontrado un testimonio tan completo como el de Sagua la Grande, especialmente en cuanto a la alimentación de la población civil. Entre otras fuentes, me baso en la narración directa de quien llegó a ser su alcalde, Francisco P. Machado, un hombre caritativo, enérgico y con buenas dotes de administrador.

Fotografía de los primeros reconcentrados en La Mata, cerca de  Sagua la Grande, 1897

Machado fue impulsor o colaborador de importantes instituciones caritativas en la otrora floreciente villa, como las propias cocinas económicas y un dispensario de medicamentos y alimentos para los niños. Logró acondicionar una casa de acogida para niñas huérfanas, casi todas reconcentradas que habían visto morir de hambre a sus padres en las calles. El alcalde también coordinaba la alimentación del hospital y de la cárcel, que tenían, respectivamente, más de doscientos enfermos y una cifra similar de prisioneros, la mayor parte de estos últimos por causas políticas.

La situación general de la villa era bastante complicada. Durante parte del año 1897 se había distribuido leche entre los niños que deambulaban por las calles, pero la ganadería estaba exhausta y su producción fue menguando. En una carta particular, se relata que el dueño del hotel Telégrafo, “fusta en mano y a puntapiés, atropella a multitud de niños y muchachos que piden un pedazo de pan”. También era común la especulación y el acaparamiento de productos alimenticios, para después venderlos a un precio exorbitante.

Aunque hubo estas lamentables muestras de egoísmo, la villa contó también con varios benefactores. Se destacó por su constancia el cónsul de los Estados Unidos, Walter Barker. Gestionaba donativos en metálico, víveres y medicinas entre los ciudadanos de su país, los cuales hacía llegar con regularidad al puerto de Sagua. En marzo de 1898 también realizó un significativo aporte la señora Clara Barton, delegada de la Cruz Roja norteamericana. Al mes siguiente, sin embargo, con el bloqueo naval decretado por el gobierno estadounidense, la situación llegó a su punto más crítico.

Carta del cónsul de los Estados Unidos en Sagua la Grande, Walter B. Barker, sobre los alimentos que había conseguido para la villa.

En la Alcaldía de Sagua se economizaron al máximo los recursos, hasta el punto de que hubo que renunciar al alumbrado público y destinar así dicho presupuesto a la compra de alimentos. Fue organizada por entonces una pequeña colonia agrícola, en la que sembraba maíz, calabazas, frijoles y boniatos. Dicha colonia, y unas seiscientas reses retenidas en el territorio por el alcalde, permitieron sortear la hambruna durante estos meses terribles. 

A pesar de las dificultades, a las niñas del asilo de huérfanas se les proporcionaba una alimentación bastante nutritiva: café con leche en las mañanas y, para las comidas, viandas, carne o pescado. Al concluir el año 1899, tenían de reserva decenas de cajas de tocino en latas y de salsa de tomate, así como más de cincuenta barriles de harina de trigo para la elaboración del pan. Estos víveres los había entregado el gobernador estadounidense radicado en Cienfuegos, General Bates.

Texto impreso sobre los alimentos durante la reconcentración en Sagua la Grande, de Francisco P. Machado (1)
Texto impreso sobre los alimentos durante la reconcentración en Sagua la Grande, de Francisco P. Machado (2)
Texto impreso sobre los alimentos durante la reconcentración en Sagua la Grande, de Francisco P. Machado (3)
Texto impreso sobre los alimentos durante la reconcentración en Sagua la Grande, de Francisco P. Machado (4)

Cuba, la patria en una bandeja

El General Valeriano Weyler, junto con las autoridades y los españoles con intereses económicos en Cuba, invocando el patriotismo, habían sumido al país en el hambre y la miseria, mientras ellos mismos andaban con la barriga llena y el corazón contento, pues no sufrían en carne propia ninguna carencia.

Día tras día, llamaban criminales a quienes habían tomado las armas y a los cubanos que desde los Estados Unidos abogaban por el fin de un gobierno impuesto por la fuerza.

Las cárceles estaban llenas de presos políticos y muchos otros “infidentes” habían sido deportados o conminados al exilio, pero los órganos de prensa insistían en que el pueblo apoyaba mayoritariamente el régimen existente.

Caricatura a color con una figura humana que representa a Cuba en un sartén (gobierno de España), en el fuego de la anarquía.
Caricatura que representa a los Estados Unidos expulsando de una patada al gobierno de España de Cuba.

El 28 de enero de 1899, en la primera celebración pública en honor de José Martí, por el aniversario de su natalicio, se escucharon muy alto los gritos de “¡Qué se vayan!”

Fuentes bibliográficas / documentales

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Pies de imágenes

(Introducción)

1: Letra capitular: Juan Palomo (16 de noviembre de 1873), IV(46). Coloreada con i.a.

2: El oro conversando con los alimentos: Villergas, J. M. (dir.) (27 de junio de 1875). El Moro Muza, 15(43).

3: Billetes del Banco Español de La Habana persiguiendo al oro: Villergas, J. M. (dir.) (29 de agosto de 1875). El Moro Muza, 15(52).

4: Caricatura de bueyes volando: Villergas, J. M. (dir.) (28 de septiembre de 1879). Don Circunstancias, I(39).

(Más allá de La Habana: el hambre no era un juego)

5: Fragmento de carta en El Moro Muza, 23 de mayo de 1869.

6: Caricatura que refleja a insurrectos comiendo en abundancia. Juan Palomo (13 de febrero de 1870), 1(15).

7: Caricatura sobre traslado de representantes civiles en la insurrección. Villergas, J. M. (18 de abril de 1875).El Moro Muza, 15(33).

(La dieta del mambí: del ideal a la improvisación)

8: The Miriam and Ira D. Wallach Division of Art, Prints and Photographs: Picture Collection, The New York Public Library. (1895). The hutia-couga. Coloreada con i.a. en ChatGPT.

9: Imagen transformada con i.a. (ChatGPT) a partir de una caricatura publicada por Villergas, J. M. (31 de julio de 1881). Don Circunstancias, III(31).

10: Grabado que representa un almiquí, de Frederic Mialhe, en Poey, F. (1851–1858). Memorias sobre la historia natural de la isla de Cuba, acompañadas de sumarios latinos y extractos en francés. Imprenta de Barcina.

11-14: Fragmentos impresos del texto de Rosal Vázquez y Mondragón (1874).

(Alimentos en campaña: la tajada del soldado español)

15: Caricatura de alimentos desplazándose. Generada con i.a. en ChatGPT, inspirada levemente en imagen que figura en Juan Palomo (17 de abril de 1870), 1(24).

16: Descanso de una columna en las lomas del RIscadero. En La guerra de Cuba, colección de cromolitografías de la Fábrica de Chocolate de Evaristo Juncosa. Biblioteca Nacional de España.

17: Preparación de alimentos en el último campamento de soldados españoles, Cienfuegos. Strohmeyer & Wyman (ed.) (1899). The Kitchen, last Spanish camp in Cuba, Cienfuegos. En la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos.

18: Soldados españoles en un café de Cienfuegos, 1899. Strohmeyer & Wyman (ed.). Ejemplar conservado en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos Unidos.

(1895: la Guerra Necesaria y el sustento imprescindible)

19: Cangrejo colorado del monte, transformado y colorado con i.a. en ChatGPT a partir de lámina de “cangrejo moro colorado”, de Parra, A. (1787). Descripción de diferentes piezas de historia natural, las mas del ramo marítimo… Imprenta de la Capitanía General.

20: Fotografía de insurrectos preparando alimentos sobre una improvisada parrilla. Se conserva un ejemplar en la Biblioteca Nacional de Cuba: Cubarte.

21: Ilustración representando a Máximo Gómez junto a otros mambises en un almuerzo. Buenamar (1 de abril de 1898). Cuba y América.

(Población reconcentrada: tragedia civil y escasez de alimentos)

22: Víctimas de la Reconcentración en 1898. Rogers, W. A. (1898) Spanish American War. En Biblioteca Pública de Nueva York.

23: Sobre la Reconcentración en Trinidad,Marín Villafuerte (1945)

24: Personas reconcentradas aguardando alimentos, en La política de Reconcentración
de España en Cuba 1896-97 (El Holocausto cubano). Latin American Studies (LAS)

25: Reconcentrados en Cuba, grupos cocinando. Tomado de Latin American Studies (LAS).

(El dilema de la nutrición en Sagua la Grande, luces y sombras reconcentradas)

26: Imagen de los primeros reconcentrados en la Mata, cerca de Sagua la Grande, 1897, en Machado (1917).

27: Carta del cónsul norteamericano de Sagua la Grande, 8 de abril de 1898, en Machado (1917).

28-31: Fragmentos impresos del texto de Machado (1917).

(Cuba, la patria en una bandeja)

32: Dalrymple, L. (11 de mayo de 1898). The duty of the hour; – to save her not only from Spain, but from a worse fate. Published by Keppler & Schwarzmann. Ejemplar conservado en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos.

33: Bartholomew, C. L. (5 de abril de 1898). No room for him on this side. Ejemplar conservado en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos.

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