Estaba por concluir el año de 1872. En Cuba, tanto los criollos como los españoles intentaban convencerse de que a la guerra no le quedaba mucho tiempo. La insurrección había cobrado un auge significativo entre 1869 y 1870, pero más tarde en Las Villas decayó casi por completo. La carencia de armas y la tenaz persecución de los adversarios, que concentraron allí buena parte de sus fuerzas, obligaron a los mambises sobrevivientes a replegarse cada vez más hacia el oriente, a la jurisdicción de Camagüey.
Muchas familias que habían huido a la manigua se veían sin recursos y en la mayor desesperación, por lo que no era extraño que decidieran presentarse y volver a sus hogares. En estas circunstancias, el soldado asturiano Juan Vigil Escalera, destacado en Guinía de Miranda, vio llegar por el camino de Trinidad a una jovencita criolla, muy bella a pesar de lo deplorable de su estado.

Luisa González, el brillo de sus ojos
La joven se llamaba Luisa González y quizás no tenía más de 15 años. Venía acompañada de otras dos mujeres, una de las cuales era su madre, quien apenas le doblaba la edad. Las tres lucían muy delgadas, extremadamente demacradas y con los cabellos en desorden, a causa de las penalidades y horrores de la guerra. Conscientes de su situación, una innata vergüenza les impedía levantar la vista del suelo, además del miedo a que algo malo pudiera ocurrirles. Sin embargo, el soldado Juan Escalera, que tenía todas las prendas de honor de la idiosincrasia española, se fue ganando la confianza de Luisa. Desde el principio, ella le había causado “una impresión imposible de definir”. Tras un rato de charla se atrevió a hacerle la primera confesión:
—Si todos los enemigos que la insurrección pusiera sobre las armas fueran como usted –le dije bajando la voz–, estaría ya concluida, porque, ¿qué ánimo ni qué corazón hay bastante esforzado para resistir el brillo de esos ojos?
Al llegar a la población, el capitán de partido les permitió a las mujeres regresar al domicilio familiar. Allí las visitaba con frecuencia el soldado Escalera. La primera vez que lo hizo, al contemplar a Luisa en el esplendor de su belleza, se quedó totalmente extasiado. La joven llevaba un llamativo collar de perlas “en su torneada y preciosa garganta”. Sobre el cabello, negro y sedoso, lucía una flor de color rojo encarnado. El vestuario era sencillo pero cuidado, en particular su “vaporosa falda de holán”.

Los encuentros se hicieron más frecuentes. Escalera se fue ganando la confianza de la joven, quien al principio albergaba algunos temores respecto al comportamiento de los soldados españoles. Aun así, el militar no perdía ocasión para hablarle de España como “madre patria” y soltarle otros discursos similares. Quería convencerla de que abandonara en su fuero interno la causa de la insurrección, pero poco adelantaba por ese camino. Al amor que él le profesaba, ella correspondía con una «íntima y dulce simpatía”, cuya intensidad resultaba difícil calibrar. Aun así, al menos una vez le confesó que también lo amaba.
Lo que la trocha separó: partida y ruptura
Pasaron los días y Juan Escalera fue llamado a ocupar otro puesto, junto a los soldados que custodiaban la Trocha de Júcaro a Morón. La misma constituía una serie de pequeños fuertes, distantes entre sí poco más de un kilómetro y medio, unidos por una empalizada. La línea se extendía desde Júcaro en la costa sur hasta Morón en la del norte. Tenía el propósito de cortar el paso entre Camagüey y Las Villas, lo que también fue motivo de que se hubiesen apresurado a trasladarse al territorio camagüeyano los villareños que aun quedaban sobre las armas, entre ellos el padre y el hermano de Luisa.

El soldado Escalera le había propuesto matrimonio a Luisa y en principio la joven aceptó. Sin embargo, en una de sus apasionadas cartas desde la Trocha, el soldado le manifestó su intención de concretar el enlace una vez que concluyera la guerra. Ella le respondió pronto que en ese caso la espera sería larga, muy larga. Más que el efecto de una natural impaciencia, era una declaración de que los cubanos no claudicarían ante las tropas peninsulares, al menos así lo interpretó el pundonoroso asturiano. A raíz de este intercambio, rompieron toda comunicación y siguieron caminos opuestos, aunque volverían a encontrarse.

Si bien los cubanos luchaban por la independencia y la libertad política, existía un rígido sistema de estratos sociales que oprimía a la mujer. Luisa amaba la bandera de la estrella solitaria, pero sobre todo porque cobijaba a los suyos. Hasta cierto punto, tanto ella como su madre habían marchado a la manigua por imposición del padre y del hermano, quienes se habían convertido en figuras destacadas de la insurrección. Sin embargo, lo peor fue que un tal Pancho, quien era un buen amigo del hermano, se había enamorado locamente de ella. Los hombres de la familia no dejaban de presionarla para que se casara con Pancho, razón por la cual ella había convencido a su madre de huir, temerosa además de que la sometieran por la fuerza.
Reencuentros en la manigua villareña
La historia precedente había sucedido antes de que Luisa conociera al soldado Escalera, pero tras la ruptura con el asturiano las circunstancias volvieron a conjurarse en su contra. Entre la primavera y el verano de 1875, el joven regresó a Las Villas, ahora con el rango de alférez y en el batallón de Alba de Tormes. Tras apoderarse de un campamento, sus tropas descubrieron aún dentro a un grupo reducido de mujeres y niños. Una de las jóvenes era, quién iba a decirlo, la propia Luisa González. Al principio aparentó no reconocerlo, pero pronto afloraron algunas lágrimas y se decidió a contarle lo sucedido en su ausencia.
A instancia de la familia, había abandonado el poblado de Guinía de Miranda para internarse una vez más en los montes. Allí se reencontró con el mencionado Pancho, malherido y tan enamorado como lo estaba antes de su huida. Quizás por compasión o porque sabía que con esta conducta satisfacía las ínfulas patriarcales, se mantuvo al lado del susodicho hasta su recuperación. Poco a poco, fue tomándole cariño y forjando con él un vínculo amoroso. Finalmente decidieron casarse, lo que a la postre le complicó más la vida a esta adolescente. En la insurrección era posible el matrimonio civil, si bien para los detractores de la República en Armas tales uniones no eran lícitas.

El empecinado Pancho no tuvo mucho tiempo de disfrutar de la felicidad conyugal. Cayó en combate en la acción de Barajagua, al igual que el propio hermano de Luisa. El padre fue herido también durante los enfrentamientos y falleció poco después. Hemos advertido que en estas mismas circunstancias murió el brigadier cienfueguero José González Guerra, pero puede tratarse de una mera casualidad, pues otros elementos no coinciden. En todo caso, Luisa había sufrido de golpe todo el peso de la adversidad, y además estaba embarazada.

Adiós para siempre
Juan Escalera trató de convencer a Luisa González de que desistiera esta vez de volver a los campos insurrectos, sobre todo pensando en la criatura que llevaba en su vientre. Sin embargo, ella quiso ser sincera y le confesó que regresaría a la primera oportunidad que tuviera. Pocos días después, tuvo noticias de que a la joven se le había presentado un parto difícil y lamentablemente no pudieron salvar su vida. Pensó que al menos así descansaba de las angustias y privaciones que había tenido que padecer. A sus manos llegó entonces una nota que ella le había escrito algún tiempo atrás desde Güinía de Miranda:
Te escribo esta carta á la cual no recibiré contestación, porque estaré ya en la manigua. Al decirte que correspondía a tu amor, no te engañaba, pero como me daría vergüenza declarar que amaba a un soldado de los que persiguen a mi familia, y como no podría casarme contigo sin merecer la maldición de los míos, he creído que un deber de conciencia me obligaba a decírtelo así, y a pedirte que me olvides como indigna de tu amor. Adiós para siempre.
El asturiano continuó su carrera militar y alcanzó el grado de teniente. Pero su salud se fue deteriorando ese mismo año, con recurrentes calenturas y pérdida del apetito. Estuvo algunas semanas recuperándose en La Habana sin que la situación mejorara. Por ello, pidió y se le concedió licencia para regresar a la Península. En Asturias, volvió a la tierra de su infancia, entre Noreña y la Pola del Siero. Parece que fue un hombre reacio al matrimonio, quizás por el peso de la historia que había compartido con Luisa. Tampoco él habría de vivir mucho, pues falleció el 29 de septiembre de 1879, con poco más de 35 años de edad.
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Fuentes bibliográficas / documentales
Don Junípero, satírico y literario (3 de octubre de 1869), VI(51). Imprenta Militar.
Don Junípero, satírico y literario (24 de octubre de 1869), VI(54). Imprenta Militar.
Escalera, Juan V. (1877). Campaña de Cuba (1869 á 1875). Recuerdos de un soldado. Imprenta de los Señores Rojas.
García Martínez, O., Morales Hernández, F. y Puig Yantá, A.(2005). El brigadier José González Guerra. Ediciones Mecenas.
Lamperez, S. (1879). Suplemento al Memorial de Infantería, 43. Imprenta de la Dirección General de Infantería.
Landaluze, V. P. (5 de junio de 1870). Juan Palomo. Semanario Satírico, 1(31). Imprenta Militar.
Machado Gómez, E. (1969). Autobiografía de Eduardo Machado Gómez. Universidad de la Habana.
Villergas, J. M. (10 de julio de 1870). El Moro Muza, VII(41). Imprenta El Iris.
Pies de imágenes
1: Representación de mujeres cubanas en la insurrección, presentándose ante las fuerzas españolas (imagen editada). Landaluze, V. P. (5 de junio de 1870). Juan Palomo. Semanario Satírico, 1(31). Imprenta Militar.
2: Imagen alegórica a Luisa González, personaje de las memorias de Juan V. Escalera. Generado con i.a. en https://dreamina.capcut.com/, a partir de un retrato femenino conservado en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos (The three sweet-hearts / Fenderich d’apres Grevedon, 1844). Vestuario tomado de Prichard. F. (3 de marzo de 1867). La moda elegante, periódico de las familias, XXVI(9). Se ajustaron ciertos detalles a la descripción proporcionada por Juan V. Escalera utilizando distintos promts.
3: Caricatura que muestra una línea imaginaria entre Camagüey y Las Villas. Villergas, J. M. (10 de julio de 1870). El Moro Muza, VII(41). Imprenta El Iris.
4: Imagen generada con i.a. en https://dreamina.capcut.com/, con varios promts, a partir de un soldado español que está representado en una caricatura de Víctor Patricio Landaluze. Villergas, J. M. (28 de agosto de 1870). El Moro Muza, VII(48).
5 Caricaturas y diálogos burlescos respecto al matrimonio civil en la insurrección de Cuba. Don Junípero, satírico y literario (24 de octubre de 1869), VI(54). Imprenta Militar.
6 Imagen de una mujer embarazada llegando ante un soldado español, editada y tomada de Don Junípero, satírico y literario (3 de octubre de 1869), VI(51)
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Campaña de Cuba (1869 á 1875). Recuerdos de un soldado, Juan V. Escalera.
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