El lenguaje de las campanas en Cuba colonial: religión, política y conflictos

Como en toda la Cristiandad, las campanas eran una parte esencial de la vida en La Habana y las demás villas de Cuba desde los primeros tiempos coloniales. A fines del siglo XVIII, el primer obispo de la diócesis capitalina, Felipe Trespalacios y Verdeja (1722–1799), intentaba a través de un edicto regular sus toques. En este documento recuerda que las mismas tenían su justificación en una frase de San Pablo: “el sonido de su voz se oirá en toda la tierra”.

Es decir, constituían un medio de extender el llamado religioso más allá del espacio de las parroquias, para recordarles a los fieles la existencia y la obra de Dios. También se creía en su poder sobrenatural para alejar las tormentas y los malos espíritus.

Siendo que la Iglesia ocupaba entonces una posición social preponderante, y en ausencia de otros medios, el lenguaje de las campanas mezclaba asuntos sagrados y profanos. A grandes rasgos, tenían lugar tres tipos de toques: el doble, el repique y el llamado “a rebato”.  El doble es un tañido espaciado y solemne que se emplea para anunciar alguna muerte, desgracia o conmemoración luctuosa. El repique, por su parte, implica un ritmo más rápido y alegre, comúnmente asociado a festividades religiosas.

Sin embargo, cuando las campanas sonaban “a rebato”, el tañido solía ser frenético y con poco concierto. Su objetivo era alertar a la población de algún problema urgente: un incendio, una invasión o cualquier incidente que requiriera adoptar medidas de inmediato.

Fantasía de campanas de metal volando hacia Roma, cielo, nubes, mar y tierra.
Campanas volantes, una leyenda francesa según la cual estas desaparecen de los campanarios el Viernes Santo para ir a Roma y regresan el Domingo de Pascua trayendo regalos a los niños. Tomada de Le blog de Madame Birtwistle y coloreada con i.a.

El edicto de Campanas del Obispo Trespalacios

Tras su llegada a la capital de la Isla, el Obispo Trespalacios aprecia una situación caótica:

No es tolerable al Pueblo Christiano un estrépito de campanas casi general, por el que es turbado el sosiego de los sanos, lastimada miserablemente la quietud que necesitan los enfermos, y embotados los espíritus de unos, y otros, en vez de excitarse, y recogerse á devocion. Su pulsación, que antes se hacía por Sacerdotes (…), la estamos viendo lastimosamente traspasada á muchachos, y personas de la plebe, que hacen juguete de las campanas; ya procurando imitar los sones profanos, o ya desde las Torres inquietando los vecindarios con señales indecentes.

En su Edicto de campanas, el Obispo dejaba establecido que, cuando se tratara de motivos que involucraban a toda la diócesis, las iglesias parroquiales no podrían adelantarse en sus toques a la Santa Iglesia Catedral. También censuró la costumbre de tañer simultáneamente varias campanas, cuando una sola podía bastar.

Otro problema era que en muchas ocasiones se alargaban innecesariamente los toques. En el caso de los difuntos, como este servicio tenía un precio, ello también estaba relacionado con innecesarias pompas y ostentación de riquezas. Además, prohibió las esquilas y esquilones, los que por lo visto más contribuían al mundanal ruido que al recogimiento religioso.

Vista de la Catedral de La Habana, 1839.
Catedral de La Habana, en Mialhe, F. (1839). Isla de Cuba pintoresca. Litografía de la Real Sociedad Patriótica. 

La Habana, una ciudad – campanario

A pesar del reglamento dictado por Trespalacios, la situación no varió mucho con los años. Resulta interesante la descripción de la ciudad que ofrece el visitante norteamericano Samuel Hazard, ya a finales de la década de 1860: 

Si aconteciera que uno llegara a la Habana de noche y la abandonara a primeras horas de la siguiente mañana, sin tener oportunidad de ver nada en detalle, de preguntársele luego qué impresión le había producido la ciudad, estoy seguro que su respuesta natural sería:

—¡Campanas, señor; nada más que campanas!

Apenas despunta el día, que en Cuba es en hora muy temprana, cuando el recién llegado viajero se ve despertado de su delicioso dormitar mañanero por el alarmante sonido de campanas, proveniente de todos los ámbitos de la ciudad. En un verdadero desconcierto de sonidos, atruenan en el aire de la mañana cual si se tratara de una general conflagración, y el infortunado viajero se tira frenéticamente de la cama para inquirir si hay alguna esperanza de salvarse de las llamas que se imagina amenazan ya a toda la ciudad.

Figúrate, ¡oh, lector!, a tu pueblo nativo, con una iglesia en cada cuadra, cada iglesia con un campanario, o quizás dos o tres, y en cada campanario media docena de grandes campanas, de las cuales dos no suenan igual; coloca las cuerdas de éstas en las manos de algunos hombres frenéticos, que tiran de ellas primero con una mano, luego con la otra, y tendrás una débil idea de lo que es un primer despertar en la Habana. Sin aparente ritmo ni razón suenan las campanas, empeñado cada campanero de cada diferente iglesia en producir el mayor ruido posible, con el propósito de llamar a los fieles para que asistan a las misas de la mañana.

Grabado que representa torre y campanas.
Grabado reproducido en la obra de Hazard (1928), t.I.

Hazard se hospedaba en el hotel San Felipe, que estaba ubicado en la Calle Ancha del Norte, a una cuadra del Paseo de Isabel. Es decir, el establecimiento se encontraba en el tramo de la actual calle de San Lázaro, cerca de Prado. A no mucha distancia estaba la Catedral, así como el Convento de San Francisco de Asís, la Iglesia del Santo Cristo del Buen Viaje o la del Santo Ángel Custodio.

Pero más cerca aún, dirigiéndose hacia el castillo de la Punta, quedaba la Real Cárcel, en frente a la explanada del mismo, donde concluía el Paseo de Isabel. Este centro tenía su propia capilla y sus campanas, que al parecer no eran precisamente silenciosas.

Grabado reproducido en la obra de Hazard (1928), t.I.

La imagen anterior, en la que se aprecia al demonio haciendo sonar las campanas, era casi una blasfemia. Sin embargo, refleja muy bien el ambiente sonoro de La Habana. Te cuento otras impresiones de Hazard en el post En broma y en serio, La Habana ante el inicio de la Guerra de los Diez Años (1868–1878)

Plano de La Habana en 1730 con la ubicación de las parroquias existentes.
Planta de la Habana, formada para comprender la situación de todas las iglesias y conventos, y el emplazamiento elegido para catedral (1730). Más datos en el Portal de Archivos Españoles.

El conflicto de las campanas: el Capitán General versus el Obispo

Por entonces, hubo un incidente relacionado con las campanas que fue subiendo de tono, entre el capitán general Francisco Lersundi y el obispo, Jacinto María Martínez Sáez. En febrero de 1868, Lersundi decidió emprender un recorrido por varias jurisdicciones de la isla, comenzando por Vuelta Abajo. En Pinar del Río, fue recibido y despedido en todas partes con repique de campanas. Sin embargo, el Obispo consideró que no le correspondía este honor y prohibió que las demás parroquias obraran de la misma manera.

Antes de continuar, es bueno recordar que existía desde antaño un acuerdo entre la Santa Sede y la Corona de Castilla, denominado Patronato, por medio del cual los reyes tenían también autoridad religiosa sobre los territorios americanos. Dicho acuerdo se hacía extensivo a los capitanes generales, que eran así considerados vicerreales patronos de la Iglesia.

Por ello, Lersundi se sintió agraviado con el mandato episcopal de negarle sus campanadas, si bien el Obispo consideraba que nunca había existido esta práctica en la Isla. El conflicto se hizo público: a donde quiera que se dirigía el Capitán General, la gente se mantenía expectante, preguntándose si repicarían o no repicarían.

¡Y vaya si repicaron! En el propio recorrido por Vuelta Abajo, Lersundi se presentó en Guanajay, Artemisa, Candelaria y San Cristóbal, entre otras jurisdicciones. Fue recibido en las respectivas iglesias por los párrocos con el atuendo oficial de la ocasión, pero en casi todas sin campanas. Visto el caso, le encomendó a los soldados y guardias civiles que tocaran ellos mismos las campanas, aunque tuvieran que forzar la puerta de alguna torre. 

Poco después, Lersundi tomó rumbo hacia Vuelta Arriba, donde se repitieron escenas similares. En Sancti Spíritus, incluso hizo prisioneros a algunos párrocos que lo habían confrontado por este motivo, uno de los cuales fue deportado a España. En cierta iglesia que había ofrecido mayor resistencia, la orden fue la de “estar repicando por tiempo indefinido”. El Obispo se encontraba entonces cerca, de visita pastoral en Las Villas. Para evitar mayor escándalo, les indicó a los párrocos que no se opusieran a las determinaciones del Capitán General.

Sin embargo, la situación no se aplacaba. Según el Obispo, el demonio andaba enredándolo todo. El Capitán General dispuso con antelación que apenas llegara al puerto de Casilda, el 8 de marzo, debían comenzar a sonar las campanas de todas las iglesias de Trinidad, a pesar de que hay bastante distancia de uno a otro punto. Para cumplir la orden, los militares echaron abajo las puertas de varios templos.

Teniendo noticias de que crecían las hostilidades entre la autoridad civil y la religiosa, con amenazas mutuas de expulsiones y excomuniones, la Corona decidió convocar al Obispo a Madrid. Así concluyó este capítulo de las campanas.

Vista de Trinidad a finales de la década de 1860.
Vista de Trinidad en la obra de Hazard (1928), t.II.

El repique por la libertad de Cuba

Por otra parte, no debemos olvidar a los párrocos que han hecho repicar sus campanas en favor del pueblo de Cuba, sin importarles las represalias que pudiera tomar el gobierno. A mediados del siglo XIX, en Camagüey, el movimiento separatista protagonizado por Joaquin de Agüero era vigilado de cerca por las autoridades. Descubrieron que el Cura de la Soledad, José Manuel Rivera, había aportado dos mil pesos para la causa y estaba dispuesto a que su iglesia fuese la primera en que se tocaran las campanas para celebrar el alzamiento. Sin embargo, los acontecimientos concluyeron de manera trágica con la captura y ejecución de Agüero, a quien Rivera asistió hasta el cadalso.

Años más tarde, antes del estallido de la Guerra de los Diez Años, los conspiradores en Bayamo encontraron apoyo en el sacerdote Diego José Batista. En 11 de junio de 1868, durante la celebración del Corpus Christi y después del Te Deum, se escucharon en la iglesia las notas de la Bayamesa, actual Himno Nacional, compuesto por Perucho Figueredo. Incluso el gobernador de la plaza, Julián Udaeta, llegó a tararear su melodía, sin percatarse de que su sentido era marcial y no religioso. 

A poco del inicio de la gesta, el 20 de octubre, a las 10 de la mañana, Diego José Batista ordenó tocar “a vuelo” las campanas de la Iglesia, para celebrar la toma de la ciudad por fuerzas insurrectas. Así, su repique acompañó a los cubanos en un momento fundacional de la nacionalidad, cuando Perucho Figueredo hizo pública la letra de la inspiradora marcha patriótica. Días después, Batista bendijo la bandera en una ceremonia religiosa y le rindió honores de jefe de estado a Carlos Manuel de Céspedes. El sacerdote era un hombre que tenía ya cerca de 90 años, pero aun así estuvo recluido y fue condenado a destierro.

Prospecto de la iglesia de San Salvador de Bayamo, entre fines del siglo XVIII y principios del XIX
Prospecto del pórtico y torre de la iglesia parroquial de San Salvador de Bayamo. Más información en el Portal de Archivos Españoles.

El caso del cura Francisco Esquembre y Guzmán

La peor suerte la corrió el sacerdote Francisco Esquembre. Prestaba servicios religiosos en las parroquias de Yaguaramas y Cumanayagua, Cienfuegos, cuando estalló la guerra en Las Villas, a principios de febrero de 1869. El día 7 de ese mes, las tropas cubanas tomaron el poblado de Cumanayagua. Esquembre hizo repicar las campanas y, días después, bendijo también la bandera que habían enarbolado los rebeldes en Jagua.

Estuvo cierto tiempo en la manigua, pero finalmente se acogió a la amnistía que había decretado el capitán general Domingo Dulce. Por entonces, los insurrectos villareños se llevaron a la Siguanea algunas campanas procedentes de las iglesias de Manicaragua y Canaito, con el propósito nada sacro de fundirlas para fabricar armas y municiones. Así lo cuenta en un interesante libro el soldado español Juan V. Escalera.

Continuando con la historia de Francisco Esquembre, los voluntarios no le perdonaron la osadía de apoyar la insurrección cubana. Para eludir el acoso, gestionó su traslado hacia el curato de Quiebra–Hacha, en Pinar del Río. La decisión resultó inútil, pues allí también lo alcanzó la omnipotencia de este cuerpo. A los pocos días fue detenido y conducido a La Habana, donde permaneció casi un año sin que se le formara causa. Finalmente, un consejo de guerra en Cienfuegos firmó la sentencia de muerte.

El sacerdote tenía entonces poco más de treinta años. Era natural de Santiago de Cuba y había sido un niño expósito, a quien apadrinaron Ciriaco Esquembre y Andrea Guzmán. En cierto modo, la Iglesia volvía a dejarlo huérfano, puesto que fue degradado de su condición sacerdotal y se le obligó a despojarse de los hábitos religiosos, para poder llevar a cabo la ejecución. El 30 de abril de 1870, las campanas doblaron por la muerte de Francisco Esquembre, fusilado en los campos de Marsillán.

Grabado que representa un acto religioso en favor de las armas españolas, incluyendo la bendición de la bandera, 1869
Ceremonia religiosa en favor de las armas españolas. Don Junípero (24 de octubre de 1869), VI(54).

Cuando ocurrieron tales hechos, el Obispo Jacinto María Martínez no se encontraba en la Isla. Si bien se identificaba plenamente con el integrismo español, solía interceder por la vida de sus fieles. Entre otras acciones, le escribió una carta al Capitán General pidiéndole que indultara a los cubanos que iban a ser enviados a la isla africana de Fernando Poo. Por ello, se granjeó la animadversión de los voluntarios, quienes se comportaban como dueños de la Isla, y le impidieron desembarcar cuando regresaba de un viaje.

Ante estas arbitrariedades, aún hay campanas que repican por la libertad de Cuba.

Fuentes bibliográficas / documentales

Alfonso López, F. J. (2023). El puñal en el pecho. Imaginarios políticos y rebeldía anticolonial en Puerto Príncipe. Editora Historia.

Arnao, J. (1900). Páginas para la historia de la isla de Cuba. Imprenta La Nueva.

Bacardí, E. (1972). Crónicas de Santiago de Cuba, t.IV. [Graf. Breogan].

Fonseca, L. (Ed.) (2013). Bayamo. Toma, posesión y quema, 1868–1869. Ediciones Bayamo, Centro Provincial del libro y la literatura.

Guía de forasteros de la siempre fiel isla de Cuba (1849). Imprenta del Gobierno y Capitanía General…

Guía de forasteros de la siempre fiel isla de Cuba (1868). Imprenta del Gobierno.

Hazard, S. (1928). Cuba a pluma y lápiz. Cultural S.A.

Martínez Sáez, J. M. (1871). Los voluntarios de Cuba y el Obispo de La Habana. Imprenta a cargo de A. Pérez Dubrull.

Morales y Morales, V. (1901). Iniciadores y primeros mártires de la Revolución Cubana. Imprenta Avisador Comercial.

Numa Águila, L. (s.f.). Fray Jacinto María Martínez y Sáez: otro obispo alavés en La Habana. Disponible en https://nebula.wsimg.com/2e482ccf881a56a5aa67dc9a0251cf67?AccessKeyId=25916EF63040D68614C9&disposition=0&alloworigin=1

Portell Vilá, H. (1859). Narciso López y su época, 1850–1851. Compañía editora de libros y folletos.

Trespalacios y Verdeja, F. J. (1794). Edicto en que el Ilustrísimo Señor Doctor Don Felipe Joseph de Tres-Palacios y Verdeja, primer obispo de La Havana (…) corrige en su diócesis el abuso, y desorden con que se tocan las campanas. Imprenta de la viuda de Don Joaquín Ibarra.

Zaragoza, J. (1873). Las insurrecciones en Cuba. Apuntes para la historia política de esta isla en el presente siglo. Imprenta de Manuel G. Hernández.

Libros recomendados:

Apuntes para la historia eclesiástica de Cuba, Juan Martín Leiseca.

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