Episodios de la manigua en Cuba contados por un soldado español, Juan Vigil Escalera (1842–1879)

Juan Vigil Escalera, cuyo nombre figura generalmente como Juan V. Escalera, era uno de los tantos jóvenes españoles que se identificaban entonces con la idea patriótica de la integridad de España. Y que concebían a Cuba como parte indisoluble de las glorias nacionales… Era asturiano, natural de la Pola del Siero, pero creció entre esta localidad y la de Noreña. Tenía un hermano llamado Evaristo, amigo de Gonzalo Castañón, quien se hizo célebre como periodista y autor de varias obras de contenido histórico y cultural. Algunas de las revelaciones de Juan V. Escalera resultan sorprendentes, al propiciar otra perspectiva de la cotidianidad durante la Guerra de los Diez Años.

A salvar la joya de la Corona

El 28 de febrero de 1869, se embarcó en Cádiz rumbo a Cuba, enrolado en el batallón de Cazadores de Andalucía. Tras un breve paso por La Habana, estas tropas fueron destinadas a combatir la insurrección en Las Villas, que había estallado con fuerza a principios del propio mes de febrero. Una de las primeras operaciones en que tomó parte el asturiano fue un fallido ataque contra los insurrectos en el mítico valle de la Siguanea. Los mismos “se disiparon como el humo ante los primeros disparos”, para después hacerles fuego durante toda la noche. Estas tácticas lo convencieron de que “al lado del valor y de la serenidad, necesita el soldado español en Cuba una suma tal de perspicacia y sagacidad, sin la cual está siempre en inminente peligro de muerte”.

Grabado que representa a un grupo de soldados españoles antes de un combate, en 1870, en un paisaje con árboles y río.

Estuvo posteriormente en Villa Clara, donde pudo corroborar que la mayor parte de la población había abandonado la villa para tomar las armas o acompañar a sus familiares a la manigua. En realidad, lo que se dice armas… ni había muchas ni alcanzaban para todos, lo que explica las súbitas retiradas de los cubanos, que Escalera atribuye a falta de valor. Las tropas españolas, mientras perseguían una partida insurrecta, cerca de la Loma de la Cruz, capturaron a una célebre mambisa llamada Pastora González, conocida como la Reina de Las Villas. Escalera la describe en estos términos: 

Es esta una mujer como de 30 a 32 años, tipo alto, grueso, especie de matrona en cuya mirada se lee algo de varonil y enérgico. Era la propagandista más audaz y perseverante de la causa insurrecta, y por donde quiera que pasaba predicaba la guerra y esterminio [sic] contra el nombre español, cuya sangre quería que regase las campiñas del suelo en que habia nacido.

Los tormentos de la guerra

En general, los soldados españoles iban bastante bien armados y con más provisiones que los insurrectos, pero también era frecuente que se les agotaran y pasaran hambre y sed. En esta misma etapa en Las Villas, los compañeros de Escalera prepararon un guiso con unos presuntos pavos. Al observarlos de cerca, el asturiano se dio cuenta de que las aves en cuestión no eran verdaderos pavos, sino las llamadas auras tiñosas, de hábitos carroñeros. Aun así, a algunos les pareció un manjar delicioso, invocando el adagio castellano de “ave que vuela, a la cazuela”. Tal carne no es apta para el consumo humano, por razones culturales y por sus compuestos fétidos, lo aclaro por si algún funcionario cubano está leyendo este post.

Auras tiñosas volando y otras posadas en un árbol, 1870.

En otra ocasión, las tropas estuvieron demasiado tiempo sin beber agua, bajo un sol abrasador. Avanzaban muy cerca de un río de aguas cristalinas, pero resultaba muy peligroso acercarse a beber, puesto que el enemigo acechaba con fuerzas superiores y desde una posición ventajosa. Iban en silencio, algunos ya quedándose detrás por la sed y la fatiga, cuando divisaron un pozo. Desoyendo las órdenes, varios soldados se lanzaron dentro del mismo, a pesar de que tenía alrededor de 15 metros de profundidad. Cuando lograron sacarlos, casi sin conocimiento, los demás se les acercaban a sorber con avidez el agua que había quedado en sus ropas y hasta en sus cabellos.

Dos soldados españoles con uniformes y bayonetas, grabado de 1870.

Los peninsulares también sufrían por el clima excesivamente cálido y lluvioso, pasto de enfermedades endémicas para las que no habían desarrollado anticuerpos. Asimismo, solían llegar a la Isla epidemias como el cólera, atacando por igual a uno y otro bando. Estando en Arroyo Blanco, jurisdicción de Sancti Spíritus, el soldado Escalera vio morir de cólera a 120 compañeros en apenas tres días. Uno de ellos, falleció a los cuarenta y cinco minutos de experimentar los primeros síntomas, “en medio de los calambres y contracciones más horrorosas”. En ese momento no contaban con servicios médicos ni remedio alguno, por lo que al asturiano, atemorizado y sudoroso, lo único que se le ocurrió fue beber coñac y dar vueltas como un demente alrededor del campamento.

Fragmento de texto impreso tomado de la obra de Juan V. Escalera (1877):

“Cuando pensamos en las escenas de aquellos mortíferos y terribles días, en que sólo algunas cortas horas bastaron para separarnos eternamente de amigos queridos y compañeros de armas, no puede dejar de anublarse nuestra frente, agrupándose en ella tristes y dolorosos pensamientos.

Declaramos que nuestro corazon, que no le habíamos sentido desfallecer al frente del enemigo, rodeados de verdaderos peligros, vaciló estremeciéndose (¿por qué lo hemos de negar?) ante el miedo que nos inspiraba la muerte allí, en la soledad, en el desamparo”.

Las tácticas de los insurrectos provocaban que los adversarios tuvieran que emprender largas marchas y contramarchas en su búsqueda, las cuales resultaban más agotadoras que los propios combates. En las noches, tampoco podían dormir tranquilos, entre las nubes de mosquitos que pululaban en los montes y el peligro de que fuesen atacados por sorpresa. Como no conocían bien el terreno, tenían que valerse de prácticos, casi siempre cubanos nativos que los abandonaban a la primera ocasión. Así ocurrió, por ejemplo, con el hombre que los había guiado en Guinía de Miranda, cerca del campamento insurrecto de Limones, quien aprovechó la confusión de la lucha para unirse a sus coterráneos.

De Las Villas hacia Oriente

Escalera fue testigo del descalabro de la insurrección en Las Villas, a donde no llegaron nunca las armas y pertrechos necesarias, además de que el gobierno español agrupó allí numerosas tropas. Para fines de 1871, muchos líderes criollos habían muerto y abundaban las presentaciones, si bien algunas partidas lograron trasladarse a Camagüey, antes de que quedase totalmente concluida la Trocha de Júcaro a Morón. Las mismas quedaron bajo el mando de Ignacio Agramonte.

Un insurrecto cubano a caballo y otros de pie o sentados, en un paisaje de campo, 1872.

A pesar de que en la Siguanea había antes una rústica fábrica de armas y una fundición, los Cazadores de Andalucía no encontraron ningún vestigio, excepto seis campanas procedentes de iglesias e ingenios de la localidad.  En tiempos de guerra, no era extraño que tanto las campanas que estaban consagradas como las profanas se fundieran para fabricar cañones y municiones. Puedes leer aquí lo que representaban las mismas en el siglo XIX, tanto en la guerra como en la paz.

Al encontrarse el territorio de Las Villas prácticamente pacificado, Escalera pasó a prestar servicios en la Trocha, para más tarde incursionar en Santiago de Cuba y otras jurisdicciones del oriente de Cuba. El asturiano fue trasladado al Batallón de Alba de Tormes, con el cual conoció de cerca la captura del vapor Virginius. Estuvo entre los soldados encargados de custodiar a los tripulantes y pasajeros apresados, a muchos de los cuales un consejo de guerra condenó a muerte. Fueron fusilados dentro del propio cementerio de Santiago, contra una tapia. Uno de ellos era el joven camagüeyano Bernabé Varona, conocido como Bembeta, cuya firmeza y aplomo en los momentos finales no pudo menos que elogiar el soldado Escalera. Así narra sus impresiones:

Nos había tocado hacer la guardia á estos insurrectos durante las horas de capilla, siéndonos bastante simpático por la compostura de su lenguaje, y su aptitud noblemente espresiva [sic], Bernabé Varona, Bembeta. Producíase como una persona esmeradamente educada, y manifestaba una dignidad que enaltecía los errores que le llevaban al sepulcro en lo más florido de su vida. Sin que conozcamos fundadamente ningún dato biográfico que haga referencia á su persona, fácil era colegir que había seguido una carrera literaria y que pertenecía a una familia, si no holgada, de bienestar y acomodo.

Representación alegórica de España como una figura femenina, sosteniendo bajo el brazo un barco con una bandera cubana y otra norteamericana, en el cual reza la leyenda “Virginius”, 1873.

Otra vez en el centro de Cuba

Al tener lugar la Invasión de Las Villas, protagonizada por Máximo Gómez y otras figuras, a principios de 1875, las tropas de Escalera volvieron a operar en este territorio. Allí el oficial asturiano dirigió la defensa del fuerte de la Mandinga, a poca distancia de Cienfuegos, lo que le valió su ascenso al rango de teniente. Los combates solían ser violentos en esta zona, pues se jugaba la posibilidad de que los insurrectos llegaran a occidente y penetraran en la capital. En cierta ocasión, el asturiano les ordenó a sus subordinados que cavaran con antelación algunas fosas para las sepulturas, pues estaba seguro de que el destacamento que había salido en persecución del enemigo iba a sufrir numerosas bajas. 

Poco después, la salud de Escalera comenzó a deteriorarse. Pidió licencia para trasladarse a La Habana y, más tarde, viendo que no se recuperaba, decidió volver a la Península. Quizás también lo afectó demasiado perder para siempre a una joven criolla, una insurrecta villareña, de la que se había enamorado y con la que planeaba casarse apenas concluyera la guerra. Descubre toda la historia en El amor en los tiempos de la guerra: el soldado asturiano Juan V. Escalera y una joven insurrecta de Las Villas.

Fuentes bibliográficas / documentales

Don Junípero, satírico y literario (3 de octubre de 1869), VI(51). Imprenta Militar. 

Don Junípero, satírico y literario (24 de octubre de 1869), VI(54). Imprenta Militar.

Escalera, Juan V. (1877). Campaña de Cuba (1869 á 1875). Recuerdos de un soldado. Imprenta de los Señores Rojas.

Lamperez, S. (1879). Suplemento al Memorial de Infantería, 43. Imprenta de la Dirección General de Infantería.

Landaluze, V. P. (5 de junio de 1870). Juan Palomo. Semanario Satírico, 1(31). Imprenta Militar. 

Machado Gómez, E. (1969). Autobiografía de Eduardo Machado Gómez. Universidad de la Habana.

Villergas, J. M. (10 de julio de 1870). El Moro Muza, VII(41). Imprenta El Iris.

Pies de imágenes

1: Soldados españoles antes de un combate en 1870. Grabado de Víctor Patricio Landaluze, en Villergas, J. M. (20 de febrero de 1870). El Moro Muza, VII(21). Imprenta El Iris.

2: Auras tiñosas en el contexto de la guerra. Imagen compuesta a partir de caricaturas de Victor Patricio Landaluze en Villergas, J. M. (20 de marzo de 1870). El Moro Muza, VII(25) y J. M. (10 de julio de 1870). El Moro Muza, VII(41).

3: Soldados españoles en un grabado de Víctor Patricio Landaluze (imagen editada). Villergas, J. M. (23 de enero de 1870). El Moro Muza, VII(17).

4: Fragmento de texto en la obra de Juan V. Escalera (1877).

5: Insurrectos bajo las órdenes de Ignacio Agramonte. En Ignacio Agramonte (15 de febrero de 1872). La América Ilustrada (pp.45-46), I(3).

6: Caricatura de Víctor Patricio Landaluze que alude a la captura del vapor Virginius por fuerzas españolas. Juan Palomo, político y literario (21 de diciembre de 1873), IV(51). La Propaganda Literaria.

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Grabado que representa a un grupo de insurrectos bajo las órdenes de Ignacio Agramonte, 1872.

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