Al escribir el nombre de Gonzalo Castañón, conozco que a muchos lectores no les sonará de nada. La historia tiene complejidades y concatenaciones que pueden considerarse menores, pera al mismo tiempo resultan reveladoras. Otras figuras o hechos muy relacionados, como el Fusilamiento de los Estudiantes de Medicina, el 27 de noviembre de 1871, sí están inscritos con sangre en nuestras crónicas y en la memoria colectiva.
Si yo pudiera de algún modo llegar a La Habana, a fines de enero de 1870, iría de inmediato a la redacción del periódico La voz de Cuba, o mejor, directamente al muelle. Mi quimérico propósito sería evitar que Gonzalo Castañón abordara el vapor Alliance, a las 4 de la tarde del día 28, para dirigirse a Cayo Hueso (Key West). Pero sería inútil, ya habían intentado disuadirlo sin éxito sus buenos amigos. Viendo que el hombre era terco y no desistía, algunos decidieron acompañarlo: el cumplido caballero Eugenio Arias, el médico Esteban Pinilla y otro español llamado Felipe Alonso.

Pero… ¿quien era Gonzalo Castañón? A primera vista, un apuesto e intrépido joven de 35 años. Había nacido en Mieres, Asturias, el 2 de diciembre de 1834. Se graduó de Derecho Civil y Canónico a principios de 1859, en la universidad de Oviedo, aunque su pasión era el periodismo. Siendo aún estudiante, fundó un periódico titulado La Tradición, cuyo nombre sugiere ya las tendencias conservadoras que sostendría durante su breve vida, con fatal exaltación. Más tarde, en Madrid, colaboró en publicaciones como El Día o Crónica de Ambos Mundos, de la cual fue también director.
Además, ocupó algunos cargos políticos, entre ellos el de diputado provincial de Oviedo, por la jurisdicción de Lena, en 1863. Dos años después, en el mes de julio, llegó a Cuba como jefe de Negociado de la Sección de Gracia y Justicia de la Secretaría de Gobierno. Meses más tarde, era secretario del Departamento del Centro, con sede en Puerto Príncipe. Recibía 2000 ducados anuales de sueldo y otros 3000 de sobresueldo.

Cuba y los cubanos desde la perspectiva del periodista asturiano
Todo indica que cuando Gonzalo Castañón llegó a la Isla en 1865, se trataba de su primera visita. Sin embargo, tenía vínculos cercanos con algunos cubanos residentes en Asturias. De hecho, se había casado con una criolla de Santiago de las Vegas, Ángela Llanos, el 28 de noviembre de 1857, en la parroquia ovetense de San Tirso el Real. Castañón estaba próximo a cumplir 23 años; mientras que la joven tenía apenas 18.

El 29 de septiembre de 1858, vino al mundo el hijo primogénito de la pareja, bautizado con el nombre de Rodrigo. Dos años después, el 3 de septiembre de 1861, nació Fernando. Sin embargo, la felicidad doméstica no duró mucho, pues ella falleció en el transcurso de 1862, por causas que desconocemos. Algunos autores mencionan un tercer hijo —de Castañón o de ambos—, cuyo rastro se pierde tras la partida del periodista asturiano rumbo a Cuba.
Resultan un enigma los motivos que condujeron a Castañón a desarrollar tan pronto una visceral antipatía hacia los cubanos. Quizás fue el ambiente político, tan polarizado, del estallido de la guerra, en el que los sentimientos anti españoles habían tomado cuerpo a lo largo del país. Sus detractores afirmaban que sufrió un agravio en Puerto Príncipe –una bofetada–, sin que sepamos el contexto. Poco después, estuvo cerca de tener un enfrentamiento con Gil Gelpí y Ferro, periodista español, tan integrista y conservador como él, lo que sugiere un ánimo pugnaz y pendenciero (para incluir unas palabrejas que acabo de buscar en el diccionario).
A fines de 1867, fue destinado a la Secretaría del Consejo de Gobernación de Puerto Rico, pero allí estuvo muy poco tiempo. Viajó una vez más a Cuba con el objeto de llevar consigo a sus hijos, pero una enfermedad –un ataque reumático articular– le impidió embarcarse y regresar a Puerto Rico. Tras expirar la licencia que se le había concedido, a pesar de presentar un certificado médico, perdió en principio su puesto.
En 1868, el Banco Español lo nombró jefe de Contribuciones en la Isla, razón por la cual se encontraba en Holguín cuando estalló la guerra. Allí adquirió sus primeras impresiones sobre la insurrección, pero pronto regresó a La Habana para combatirla mejor con la pluma. En realidad, había deseado siempre permanecer en la capital, que era el centro de las confrontaciones políticas y periodísticas. Si bien las publicaciones in situ estaban bajo un estrecho control, las aliadas del poder campeaban a sus anchas.

La voz de Cuba, o las voces que oía Castañón
En diciembre de 1868, Castañón fundó el periódico La voz de Cuba, que en enero del año siguiente recibió la aprobación oficial del Ministerio de Ultramar. El mismo era financiado por funcionarios, comerciantes y otros españoles residentes en la Isla. Representaba la postura del sector integrista más furibundo y de los voluntarios, cuerpo al que pertenecía el asturiano, específicamente al segundo batallón de Ligeros. Ya en el mes de enero, publicó algunos artículos que instigaron la oleada de violencia en torno a los sucesos del Teatro Villanueva.

Aunque no hemos tenido a la vista ningún ejemplar de La Voz.. (creemos que tampoco se conservan los que corresponden a esta etapa, ni en la Biblioteca Nacional de Cuba ni en otras instituciones), se dice que Castañón sugería incluso el exterminio de los cubanos y denigraba a las mujeres, en particular las que apoyaban la insurrección. Más extremista aún era un suplemento de este periódico, titulado La Quincena. Para evitar que continuaran caldeándose los ánimos, a mediados de 1869 el Capitán General Domingo Dulce había dispuesto que Castañón regresara sin chistar a la Península, pero su relevo del cargo dejó la orden en suspenso.
En esta época, en Cayo Hueso, Estados Unidos, existía una numerosa comunidad de exiliados cubanos, quienes eran fervientes partidarios de sus compatriotas en armas. Habían inaugurado allí un periódico titulado El Republicano, bajo la dirección de Juan María Reyes, en el que defendían y alentaban la causa de la Demajagua. Las controversias entre este periódico y La voz de Cuba (al que llamaban, con cierta razón, La voz de Castañón) fueron subiendo de tono, hasta el punto de que Castañón retó a duelo a Reyes, en carta privada y en las propias páginas de La voz de Cuba, quien aceptó de inmediato el desafío.


Por alguna razón, no se ha explorado mucho el testimonio de Antonio Pirala sobre este incidente. El escritor madrileño estuvo residiendo durante un tiempo en el mismo hotel que Castañón, en Marianao, donde solían tener interesantes conversaciones. Resulta que por entonces el periodista español José Ferrer de Couto, director de El Cronista de Nueva York, había tenido un duelo con un partidario de la insurrección, enfrentamiento que a la postre contribuyó al alza del periódico. Viendo que La Voz de Cuba no tenía suficiente respaldo monetario ni de lectores, Castañón se planteaba proceder de la misma manera, sin considerar los perjuicios que ello podría ocasionar.
Cayo Hueso, un polvorín mortal

Las jornadas que transcurrieron desde la llegada de Castañón a Cayo Hueso, al rayar el alba del 29 de enero, hasta su muerte, dos días después, son narradas de opuesta manera por cubanos y españoles. También se conserva un expediente relacionado con el caso en el Archivo Histórico Nacional de España, el cual contiene la versión refrendada por el Cónsul español en la localidad, entre otros relatos y testimonios.
En el Cayo, Castañón y sus acompañantes se hospedaron en el hotel Russell House, frente a la propia redacción de El Republicano. Sostuvieron diferentes encuentros con individuos de la localidad, en los que se firmaron declaraciones y actas relacionadas con el proyectado duelo, intentando conferirle un carácter oficial, a pesar de que estos enfrentamientos estaban prohibidos. Castañón propuso un estilo que llamó “de Córcega”, en el que los contendientes se batirían con las armas de su elección y sin testigos, mientras cada uno llevaría en el bolsillo una carta de suicidio.
En un momento más acalorado, aún sin concretar el enfrentamiento “oficial”, Castañón le asestó un golpe a Reyes, quien era un hombre de débil constitución. En honor a la verdad, parece que a este último no le entusiasmaba demasiado la idea de batirse. Acusó al asturiano ante las autoridades, quien debió pagar por ello una fianza de doscientos pesos (no sabemos cuanto era el cambio respecto al dólar, porque por entonces no había CADECAS, ni existía El Toque). Los cubanos se sintieron ultrajados y el periodista no accedía a enfrentarse a otro contrincante designado por la comunidad, Mateo Orozco, al parecer porque lo consideraba de menor rango.
El día 31 de enero, los cubanos tuvieron noticias de que Castañón se preparaba para regresar a La Habana, en un vapor que saldría del Cayo a las 4 de la tarde. Por ello, Orozco acudió personalmente al hotel para exigirle que se efectuara el duelo. Intercambiaron palabras ofensivas en las inmediaciones del establecimiento y Castañón intentó golpear a Orozco. De improviso, este sacó su arma y le disparó en una pierna; instantes después la segunda bala le causó una herida mortal en el cuello. Una cota de malla, oculta bajo la camisa, no alcanzaba a cubrir esa parte del cuerpo. Veinte minutos más tarde Castañón expiraba en su habitación, a donde fue trasladado por sus compañeros.
La prensa española propaló la versión de que Castañón había sido acorralado y asesinado alevosamente por cinco cubanos. En realidad, aunque los criollos eran mayoría en el Cayo, y dominaban simbólicamente, al parecer el único responsable fue Orozco, circunstancia que no atenúa la magnitud del delito. En el arma de Castañón sólo quedaron sin disparar siete de los doce cartuchos, pero había tenido menos puntería que su rival.


Se afirma que Orozco, mientras huía de la escena, gritaba: “¡Viva Cuba Libre! ¡Cubanas, estáis vengadas!”. Es difícil de entender que la muerte de un hombre fuese las causa del entusiasmo que recorrió entonces las calles, pero eran tiempos de un feroz antagonismo.

Epílogo de una tragedia
Antes de partir hacia Cayo Hueso, Castañón era sabedor de que su temeridad podía arrastrarlo a la muerte. Dictó su testamento y accedió a que se le realizara una fotografía para sus amigos, en el estudio de Cohnen, lo que no era incompatible con una operación publicitaria. El mismo día de su salida de La Habana, le había encargado a su paisano Ventura Olavarrieta el cuidado de sus hijos:
La pequeña fortuna que les queda, y que proviene de su pobre madre, el ángel que desde el cielo continuará protegiéndolos, servirá para darles carrera conforme á su vocacion y á sus disposiciones. Ahora están en el colegio de Belén, donde reciben la educación moral y religiosa. qua yo quisiera se arraigase en ellos, porque no creo qua haya mayor felicidad para el hombre, que la de tener fé, y sobre todo, fé cristiana (…). Si mis hijos no pueden ser sábios, que sean simples obreros. Con tal que sean honrados, todo lo demás me importa poco. En cualquiera posición que ocupe el hombre, puede ser estimado de sus conciudadanos y ser útil, sobre todo, á su patria, por la cual voy á medirme con seres que, en circunstancias normales, no merecerían de mí mas que desprecio. Es por España, y marcho satisfecho.

De carácter afable y expansivo con sus amigos, fue sin embargo un rabioso contrincante de los cubanos y de sus aspiraciones independentistas, oponiéndose incluso a las reformas. Víctima en Cayo Hueso, su muerte alejó a algunos simpatizantes de la causa cubana en el mundo. Dejó tras de sí dos hijos huérfanos, aun cuando recibieron el apoyo del Capitán General, Caballero de Rodas, y de toda la comunidad.


Sin embargo, la mayor tragedia sobrevendría más de un año después. Cuando ya sus restos reposaban en el cementerio de Espada, varios estudiantes de Medicina fueron acusados de profanar su tumba. Ocho de ellos serian fusilados, el 27 de noviembre de 1871. Se trataba, en realidad, de la sed de venganza no saciada de los Voluntarios, irritados porque el delito de Cayo Hueso había quedado impune.

Fuentes bibliográficas / documentales
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